miércoles, 16 de mayo de 2007

El Credo (Símbolo Niceno-Constantinopolitano)


Creo en un solo Dios,
Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra,
de todo lo visible y lo invisible.

Creo en un solo Señor, Jesucristo,
Hijo único de Dios,
nacido del Padre
antes de todos los siglos:
Dios de Dios,
Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado,
de la misma naturaleza del Padre,
por quien todo fue hecho;
que por nosotros, los hombres,
y por nuestra salvación bajó del cielo,
y por obra del Espíritu Santo
se encarnó de María, la Virgen,
y se hizo hombre;
y por nuestra causa fue crucificado
en tiempos de Poncio Pilato;
padeció y fue sepultado,
y resucitó al tercer día, según las Escrituras,
y subió al cielo,
y está sentado a la derecha del Padre;
y de nuevo vendrá con gloria
para juzgar a vivos y muertos,
y su reino no tendrá fin.

Creo en el Espíritu Santo,
Señor y dador de vida,
que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo recibe
una misma adoración y gloria,
y que habló por los profetas.

Creo en la Iglesia, que es una, santa,
católica y apostólica.

Confieso que hay un solo Bautismo
para el perdón de los pecados.

Espero la Resurrección de los muertos
y la vida del mundo futuro.

Amén.
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El Credo Niceno-Constantinopolitano fue promulgado en el Concilio de Nicea (año 325) y modificado, ligeramente, en el Concilio de Constantinopla (año 381). Su finalidad es establecer todo aquello en lo que debe creer cualquier bautizado.